Por José Manuel Ruiz Regil
Los poetas, de izquierda a derecha: Ian Soriano, Lucero Balcázar, Omar Soto y Víctor Manuel RamírezEl largo pasillo que ocupa Café Hexén dentro del Centro Cultural Casa de Mora, en Tonalá 261 Colonia Roma, remata con rojo telón y tarima donde se enfilan, como "niños castigados" ―menciona alguien del público― en una banca sentados, los poetas de la noche. Primer miércoles itinerante.
Abre la primera ronda Víctor Manuel Ramírez, con imágenes de los elementos naturales. Atributos al agua, la tierra, al aire y al fuego. Espirales alquímicas que buscan transformar el espacio ordinario en un portal de lenguas renovadas. Le sigue la voz galopante de Omar Soto quien elige un tono oscuro, críptico, retando la propuesta Calviniana de visibilidad en la literatura para el nuevo milenio. Sin embargo, su tejedura de anáforas y aliteraciones regala un ritmo sobre el que el escucha puede montarse y caminar, salvo en aquellas líneas donde uno preferiría leer a tener que traducir los balbuceos viciados que la falta de dicción y la retroalimentación del micro convierten en pastoso sonsonete.
Tercia Lucero Balcázar con "Poemas carniceros". Ese tono conversacional y su temática ganadera cantan a la carne, el deseo animal que despierta la materia y lo contrapuntea con el oficio sutil de la escritora. Trastoca densidades. Da liviandad al carnicero y encarniza las ideas. El deshollamiento es inminente, la pasión por la carne no se compara con el delirio de la escritura. Más adelante "Corto", "Acción" y "Cinéfila", continúan el anhelo de carne y la melancolía del "negro" con que la artista multidisciplinaria cierra su participación, desde un sentido duelo que sabe más a síndrome de abstinencia "...allá en nuestra Cuba", ¿Cierto?
Heredero de la tradición "beatnik", Ian Soriano se sumerge en su mecanografía de doble espacio para ofrecer largas letanías de enunciaciones antipódas. Modulado efectismo que por momentos alcanza la voz del profeta y pasa lista a una población de adefesios trashumantes que han trascendido su condición de paradoja y perviven en un tácito absurdo. Poemas de largo aliento que no esconden su anhelo de "malditismo", aunque en medio del desencanto emerja también la búsqueda del vientre original, el mar. "No soy huérfano de la maternidad del mar". Imploraciones que son reclamos que son deseos que son ruegos: "¿Por qué no bajan los árboles a rezar conmigo?"

Entre un sorbo capuchino y el tropiezo con el vuelo hechizado de las brujitas de Hexen montadas en su artesanía, retorna la voz a Víctor Manuel Ramírez quien en su segunda, tercera y cuarta ronda hace gala de su camaleónica pluma. Quiere beber de Gorostiza su agua amada y cantada. Sorbe la lección del maestro y balbucea su gárgara. No por falta de oficio, sino por tan ambicioso reto, que para en homenaje explicitado. Sin embargo, pareciérale más natural al poeta la búsqueda urbana. Testimonian "Dos plazas" sus hallazgos ordinarios, sus asombros espaciales, y preferencias arquitectónicas. Plaformas donde ubica habitantes no terrenos, especímenes del cuestionamiento filosófico cuya respuesta poética alivia en tanto que formula otra pregunta.
Las introducciones del autor a su poema, no bastan para desmerecerlo –aunque fuera esa la intención. Omar Soto insiste en que “Formato” es un decálogo, y aunque tiende más al ensayo, para él es un poema. Es tan fuerte la experiencia de la escritura que hay que cantarla, poetizarla, novelarla, ensayarla. Atraviesa siglos de filosofía para evidenciar que, como han dicho los antiguos, y Borges lo confirma: “En el nombre de la rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo” . El nombre es la cosa misma. Pero brazo, cuerpo, mano, no se conforman con nombrarse. El poeta nos guía a través de las estructuras anatomo-fisiológicas para transitar de la mano a los pares craneales de nervios de donde surge el movimiento. Lo hace dos, tres veces. Lo cree de veras, pero su lectura lo desmiente. ¿Se apena?, ¿Se aburre? o ¿Se arrepiente? Mas, luego de ese laberinto construye otro con “La posibilidad”. La disertación interior diseña una estructura similar a un cuadro de Escher donde el piso de un verso es el techo del otro, y donde cae una conclusión sube una pregunta. Todo mezclado con ablusiones de realidad virtual y realidad concreta (si es que la hay) en que se asoma a la pantalla de su celular en la narración, para descubrir que se puede escribir un poema numérico. He ahí el dilema Shakespeareano.
El espacio multi-foro, galería, bazar, cafetería, restaurante, carpa y videosala que es Casa de Mora, trasuda murmullos, aplausos, sonidos, de un lugar a otro. Como en un circo de tres pistas suceden las expresiones artísticas al unísono. Aterrizan al Hexen unos aires de tango que aderezan versos emergentes. ¿Coincidencia o sincronicidad? Para deslindar fronteras ofrece un último poema, el bardo. Este de penumbras. "Fronteras" entre el sonido y los ecos, la mujer y el vacío.

Termina la sesión. Los aplausos, el barullo, los avisos. Presente en el silencio "Yo nací un día que dios estaba enfermo II", título del cuadro del maestro Felipe Gaytán que, como es tradición acompaña los miércoles de poesía itinerante. Del estrado los aedos bajan. Se confunden con la otra poesía.
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